Una mesa en Lodebar

“La gracia, más bella aún que la belleza.”
— Jean De la Fontaine

Han sido muchos días lluviosos y fríos. De esos que aumentan las ganas de quedarse en la casa con las pijamas de cuadritos, un chocolate o café caliente y una buena película.  Pero como somos puertorriqueños, ni el frío ni la lluvia pueden apagar nuestra alma fiestera. Así que comenzamos la comelata con el famoso día del pavo, que más que una reunión familiar, parece un contest de quién come más.

El día de acción de gracias es un día especial. No por ser el “Día-de-acción-de-gracias”, sino porque es un día donde podemos compartir con la familia, comer juntos en la mesa y pasar un buen tiempo.  Sin embargo, muchos no podrán disfrutarlo con el mismo entusiasmo. Quizás han perdido familiares recientemente, están sufriendo situaciones que nunca pensaron atravesar, viven lejos de los suyos o se sienten solos, con muy pocas o ninguna razón para agradecer.

La Biblia cuenta una historia de un joven llamado Mefiboset, nieto de Saúl, el rey de Israel e hijo de Jonatán.  Saúl, el abuelo de Mefiboset, hizo muchas cosas incorrectas durante su reinado, lo que le costó la vida y la de su hijo en la guerra contra los filisteos. Para ese momento Mefiboset tenía cinco años. Al enterarse de la muerte del rey y su hijo, la niñera de Mefiboset lo tomó en sus brazos y huyó; pero al salir con tanta prisa, se descuidó y el pequeño se le cayó de los brazos, quedando lisiado de ambas piernas.

De alguna manera las circunstancias externas y las malas decisiones de terceras personas condenaron la vida de Mefiboset. Quedó huérfano, sin su familia y despojado de sus tierras, bienes, privilegios y aún de su salud. Finalmente, para esconderse de los enemigos de su familia, tuvo que refugiarse en una ciudad llamada Lodebar, donde un hombre llamado Maquir tuvo el gran gesto de cuidar de él.

Pasaron los años y el rey David quién fue un gran amigo de Jonatán (el papá de Mefiboset), procuró por algunos de los familiares vivos, pues quería ayudarlos en memoria de su amigo. Fue entonces cuando David se entera que Mefiboset aún estaba vivo. Sin pensarlo lo mandó a llamar a su palacio. 

“ David le dijo:

—No tengas miedo, en memoria de tu padre Jonatán, voy a cuidar de ti. Voy a devolverte todas las tierras de tu abuelo Saúl, y de ahora en adelante comerás en mi mesa. ”

— 2 Samuel 9:7

Por mucho tiempo e injustamente, Mefiboset tuvo que refugiarse en Lodebar, una tierra árida, hostil y seca, donde la hierba no crece. Y así como él, muchos se han refugiado en su propio Lodebar, un lugar donde los motivos de agradecimiento carecen, donde los seres que amamos están ausentes; un lugar muy lejos de nuestro hogar. 

Lo que me encanta de esta historia es que Mefiboset no estuvo en Lodebar para siempre. Un día, hubo un rey que se acordó de él. Le devolvió lo que le pertenecía y aunque Mefiboset se sentía indigno, tuvo un lugar para siempre en la mesa.

En nuestra vida, Jesús es ese alguien que se acuerda de nosotros. Él ha preparado una mesa para todos esos Mefiboset que por circunstancias de la vida se han refugiado en Lodebar y piensan que han perdido la oportunidad de sentirse aceptados, abrazados y perdonados.

No pierdas la esperanza de volver a tu lugar. En la mesa de Jesús conocerás la misericordia, el cuidado, el sustento, la provisión, el perdón, la gracia y el amor de un gran Padre. 

“Mira, aquí estoy llamando a la puerta. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo.”

— Apocalipsis 3:20 PDT


Miredys Valcárcel